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digital transit

Karin Ohlenschläger
Luis Rico

(english)

El proyecto Digital Transit plantea un recorrido por las interconexiones entre el arte, la ciencia, la tecnología y las dinámicas sociales que en torno a ellas se generan. Transita por espacios permeables que propician interferencias productivas entre imaginarios, conceptos y prácticas diversas. En su conjunto propone una mirada transdisciplinar, entendida como un modo de interpretación, exploración y participación en la compleja trama de relaciones que articula la cultura contemporánea. Digital Transit es así un espacio de comunicación que conecta las actuales tecnologías de la informática y las telecomunicaciones con las artes visuales, sonoras y escénicas, la arquitectura y el urbanismo, la ciencia, la educación, la participación ciudadana y el medio ambiente.

La doble hélice y el circuito integrado:
un ejemplo de reciprocidad

En 1953 dos jóvenes investigadores, James Watson y Francis Crick, con la colaboración de Rosalind Franklin y Maurice Wilkins, descubren la estructura de la doble hélice del ADN. Cinco años más tarde, Jack S. Kilby fabrica el primer microchip. Aunque en su origen no existe una relación directa entre ambos acontecimientos, hoy podemos observar en su evolución una relación de reciprocidad entre ellos. Y es que gracias al desarrollo de la microelectrónica se han producido los recientes avances en biología molecular, genética, genómica y proteómica. Pero también podríamos decir que desde estos campos de la biología se ha estimulado el desarrollo de software e impulsado la realización de los más potentes procesadores.

Este tipo de circularidades y relaciones simbióticas sugieren una perspectiva sistémica y horizontal a la hora de analizar también la coevolución y, por tanto, las influencias mutuas entre los procesos artísticos y científicos, así como con otras formas de producción de conocimiento. Esta visión sistémica está adquiriendo una especial relevancia en la era digital, aunque también podría ser que la percepción de una creciente complejidad e incertidumbre cotidiana impulse el desarrollo de la sociedad de la información.

Desde mediados del siglo pasado la revolución de la microelectrónica ha permitido el desarrollo de las ciencias de la complejidad, ha impulsado las ciencias de la vida, ha transformado el mundo de la comunicación, la economía o el arte, y ha abierto líneas de investigación impracticables hasta entonces. La evolución de todas estas hebras y sus interconexiones ha propiciado un diálogo que está transformando nuestra concepción, percepción e interacción con el mundo que nos rodea. Se trata de un proceso emergente 1 que genera nuevas preguntas, retos y conflictos, nuevas posibilidades de exploración, pero también nuevas incertidumbres en casi todos los campos del conocimiento y la experiencia.

Tanto la ciencia como el arte influyen en nuestra mirada sobre el mundo. Afectan a nuestros hábitos y costumbres. Son prácticas y formas de conocimiento que tratan de
hacer visible lo invisible y comprender los patrones y procesos que rigen la vida. Una vida que se percibe de manera creciente como una compleja red de relaciones en constante y vertiginoso cambio.

Estas cuestiones animaron ya los legendarios encuentros y conferencias de Macy (1946-1953) 2 en Nueva York. Allí, los pioneros de la cibernética, como Gregory Bateson, John von Neumann, Claude Shannon o Norbert Wiener, entre otros, exploraron el potencial del diálogo entre la biología, la matemática, la neurología, la ingeniería o las ciencias sociales. La separación entre ciencias y humanidades suscitó intensos debates en la época de la postguerra, particularmente después de la publicación de Las dos culturas de C.P. Snow, en 1959, que puso en evidencia la fecundidad del diálogo interdisciplinar como fuente de innovación.

De lo inter a lo trans-disciplinar

En el arte del siglo pasado podemos observar algunos procesos similares que van entrecruzando la madeja del conocimiento. La identificación arte-vida constituye una de la más productivas tesis del siglo XX, vía dadaísmo, futurismo, surrealismo o constructivismo. Comienza entonces a articularse una nueva estética del desequilibrio y la complejidad, que se visualiza en la irrupción de nuevas formas y narrativas no-lineales, dinámicas y evolutivas de la acción y de la representación. La actitud de ruptura, la innovación conceptual y la experimentación con nuevos materiales y tecnologías, caracterizan aquellas corrientes artísticas que tienden a abrir los territorios tradicionales de la creación plástica, visual, escénica, literaria y sonora para explorar nuevos campos de expresión y experimentación. Este acercamiento estético y formal hacia una concepción de la vida fuera del equilibrio, se corresponde con los nuevos conceptos y modelos que surgen en distintas ramas de la ciencia.

En 1919 la Bauhaus de Weimar sentó las bases pedagógicas para una educación interdisciplinar que relacionase los diversos campos del arte con los avances científicos y tecnológicos de la época. En 1966, Gyory Kepes, ayudante de Moholy-Nagy en la Bauhaus de Dessau, publica la serie de seis volúmenes Vision and Values, en los que plantea la idea de la investigación y el desarrollo interdisciplinar entre campos tan diversos como el arte, la antropología, la biología, la matemática, la psicología, la lingüística o la ingeniería. Un año después funda y dirige el Center for Advanced Visual Studies (CAVS) del MIT (Massachusetts Institute of Technology) de Cambridge, Massachusetts, donde estos conceptos toman cuerpo y se ponen en práctica.

Esta dinámica adquiere en los años 60 nuevos impulsos y un importante giro propiciado por el arte intermedia 3 relacionado con el movimiento Fluxus. En aquellos momentos, el discurso arte-vida tiende a la integración de los medios de comunicación (radio, teléfono, fax, televisión) en la acción y socialización del arte. Del intermedia de los 60 y 70 se evoluciona durante los años 80 hacia lo multimedia, protagonizado por los nuevos ámbitos mediáticos del arte electrónico y digital.

Pero los artistas no se limitan tan sólo a experimentar con los nuevos soportes, sino que comienzan a rastrear las tramas y contextos que subyacen a estos medios. Los fundamentos conceptuales y funcionales de los entornos digitales conectan a los artistas con diversos campos de la ciencia y la ingeniería. Todos ellos empiezan a compartir no sólo las mismas herramientas sino también similares inquietudes y campos de investigación relacionados con la vida, la identidad y la convivencia, lo natural y lo artificial, lo real y lo virtual, entre otros temas.

El ACM Siggraph (Special Interest Group for Graphics of the Association for Computing Machinery)4 fundado en 1973 en EEUU. y el Ars Electronica Festival de Linz/Austria5, en 1979, se establecen como lugares de referencia y encuentro anual para el diálogo entre arte, ciencia, tecnología y sociedad.

Durante los años noventa surgen numerosos centros de exposiciones y debates, departamentos de investigación y festivales de similares características en todas partes del mundo. A través de una amplia red de organizaciones e intercambios, estos entornos catalizan un proceso cultural emergente y actúan como sismógrafos sensibles y críticos con el vertiginoso cambio producido por los avances científicos y tecnológicos sobre individuos, sociedades y entornos. Estas nuevas formas de
organización y expresión cultural son manifestaciones de una creatividad colectiva, con la que tanto el arte como la ciencia deben encontrar una respiración acoplada, para dar sentido y canalizar su dimensión social.

En este contexto, podemos observar cómo muchas de las prácticas artísticas contemporáneas no apuntan a la creación de objetos sino a generar contextos y procesos transdisciplinares que exploran la relación entre la investigación básica y su impacto sociocultural. Este proceso produce también una transformación de la figura del artista, que se convierte en un investigador dedicado a producir sentido, discurso crítico y contextos de significado y experiencia, cumpliendo así una renovada función de catalizador social.

Nuestras instituciones académicas y educativas no siempre dan visibilidad a estas dinámicas transdisciplinares. Más bien se organizan en torno a estructuras que tienden a separar más de lo que unen. La mayoría defiende celosamente su territorio de conocimiento y poder. Hay muchas razones que explican la resistencia a la libre circulación o recombinación de conocimientos. Pero existen otros tantos argumentos para considerar esta resistencia anacrónica y contradictoria con la propia evolución del conocimiento. La historia de la ciencia y de las humanidades nos recuerda que algunos de sus momentos más fecundos han sido propiciados por el diálogo y la interacción entre experiencias, tradiciones, métodos y problemáticas diferentes. La historia de las ideas y la historia de la cultura son una parte consustancial de la investigación científica.6 Y no sólo por el hecho de que algunos de los grandes científicos de siglos pasados hayan sido notables filósofos, sino también porque la ciencia y el arte son inseparables del contexto político, social, económico y cultural en el que se producen.

Desmaterialización, deslocalización e hibridación

En la era de la informática y de las telecomunicaciones, las nuevas prácticas artísticas encuentran unas posibilidades de expresión y experimentación sin precedentes. Más allá de la mera incorporación de herramientas, se trata de la creación de nuevos conceptos, lenguajes y miradas. El arte de principios del
siglo XXI construye con ondas y partículas, con algoritmos de crecimiento o con códigos genéticos.

Muchos de los actuales proyectos artísticos son efímeros e intangibles. No se materializan sobre lienzo, piedra o metal, sino que se visualizan en soporte vídeo, multimedia y otros dispositivos interactivos. Los artistas plantean mundos fluidos y transformables; trabajan con entidades híbridas y evolutivas. Conciben sus obras para espacios dinámicos e inmersivos. Manejan el tiempo como un volumen programable con distintas densidades. Conectan y relacionan diversos planos de la realidad, abarcando desde las escalas nanométricas de la bioingeniería hasta las macroestructuras tecnoeconómicas de las actuales dinámicas globales.

Sus obras se inscriben en el tiempo y en el espacio de un no-lugar, propiciado por satélites y redes de comunicación. Este espacio de flujos de información nos envuelve como una membrana simbólica, intangible pero sensible y operativa; dinamiza procesos colectivos entre artistas, investigadores, activistas y otros grupos de personas productores de conocimiento. Propicia la agitación conjunta, la creación de espacios conversacionales. De este modo, las actuales prácticas artísticas proponen espacios y modelos de participación e intervención social y cultural que tienden a propagarse horizontalmente a través de los nuevos circuitos informacionales y mediáticos.

Hoy día vivimos en sociedades conectadas a distancia que procesan un incesante flujo de datos, mercancías y capitales a escala global. Flujos que, como plantea el sociólogo Manuel Castells, son la expresión de los procesos que dominan nuestra vida económica, política y simbólica.7 Por lo tanto el tránsito de la era analógica a la digital está afectando a todos los campos de la experiencia, la creación y el conocimiento. Implica a nuestro sistema perceptivo y a nuestra manera de pensar y construir identidades y entornos. Se trata de un proceso que se caracteriza por la desmaterialización de nuestros valores de cambio, la deslocalización de espacios y la hibridación de entornos físicos y virtuales.

Un recorrido por la exposición

Digital Transit describe así un entorno hilvanado por procesos y proyectos que transcurren a distintas escalas y en diferentes contextos: sea en un cultivo bacteriano, un cuerpo humano, un tejido urbano, una red de telecomunicaciones o un ecosistema. En su conjunto propone una mirada sistémica que transita desde la genética al urbanismo o de la informática a la educación, pasando por las nuevas comunidades digitales que se articulan en la red.

En este contexto, la exposición reúne algunos de los más destacados proyectos de la cultura digital, del ámbito austriaco e internacional, premiados en los últimos años en el prestigioso festival internacional Ars Electronica de Linz, Austria.

Código: identidad, lenguaje, hábitat.

Los códigos están en la estructura de nuestra existencia en todos los niveles y de múltiples formas. Gracias a ellos podemos establecer relaciones entre distintas realidades: códigos genéticos que expresan nuestra constitución biológica; códigos lingüísticos que definen el habla, y con ella el lenguaje; códigos sociales y culturales que generan hábitos y comportamientos a escala local y global; códigos binarios, de los que se derivan los nuevos entornos mediáticos y tecnológicos.

Tomando el código como hilo conductor Digital Transit descubre cómo la cultura digital influye en la construcción de las identidades y en la representación de las personas. La materia prima de la serie de retratos Mankind de Richard Kriesche, uno de los pioneros del arte electrónico en Austria, es el código genético y otros datos bioquímicos que definen los rasgos característicos de las personas retratadas.

En Cheese, Christian Möller y Sean Crowe invitan a un grupo de actrices a sonreír durante una hora delante de la cámara. Un ordenador analiza y controla en tiempo real los gestos de su cara, haciendo sonar una alarma cada vez que su sonrisa se vuelve falsa o forzada. Cabe señalar también el retrato interactivo Watchful Portrait de John Gerrard. En esta obra dos mujeres observan el movimiento
de la luna o el sol, mientras el espectador puede mover las pantallas sin que las mujeres interrumpan su actividad.
Por su parte, GFPixel Portrait alude a los millones de bacterias que habitan el cuerpo humano y muestra cómo unas bacterias fosforescentes cultivadas en 4.000 placas de Petri, conforman el rostro cambiante de una persona.

La instalación virtual e interactiva Life Spacies II de Christa Sommerer y Laurent Mignonneau invita a explorar las relaciones entre código genético y lingüístico, al transformar las letras en el nutriente de unos organismos artificiales en tiempo real.
Las letras protagonizan también la instalación interactiva TextRain, de Romy Achituv y Camille Utterback. Los visitantes pasan por delante de una lluvia de letras, mientras el aleatorio flujo se va deslizando por la sombra de sus cuerpos para formar palabras y frases cambiantes, extraídas de un poema de Evan Zimroth.

A la inmersión en un dinámico y cambiante paisaje de píxeles invita la instalación titulada 24!, de Norbert Pfaffenbichler, Michael Aschauer y Lotte Schreiber. En esta obra, el visitante observa cómo la suma de simples códigos binarios se transforma en una compleja composición de señales acústicas, ópticas y espaciales.

El proyecto interactivo Apartment establece una relación entre espacio y lenguaje. Con un dispositivo interactivo desarrollado por Martin Wattenberg, Mareck Walczak y Jonathan Feinberg, el usuario construye su vivienda con palabras que se transforman en volúmenes, colores y objetos, recordando el Palacio de la Memoria de Cicerón.

En la actual era del tiempo real, la velocidad tiende a suprimir las distancias. No obstante, la instalación interactiva Last de Jussi Ängeslevä y Ross Cooper muestra cómo podemos recuperar el espacio dejando pasar el tiempo. Cierto es que en los nuevos entornos digitales, el espacio ya no es algo estático e inamovible, sino una estructura dinámica y cambiante, tal y como lo plantean Peter Kogler y Franz Pomassl en sus volúmenes escultóricos, transitables virtualmente por los usuarios en su instalación interactiva Cave. La disolución del
espacio como volumen y la visualización de un vacío fluyente de píxeles y oscilaciones, conforman el paisaje virtual Waveform B de Ulf Langheinrich. Éste atraviesa las bóvedas del Centro Cultural Conde Duque como si de aguas subterráneas se tratara.

Urbanlab: el laboratorio urbano.

La transformación digital influye tanto al ámbito de la percepción y la construcción de la identidad como de nuestro hábitat. Desde esta perspectiva el laboratorio urbano reúne a arquitectos, artistas, economistas, biólogos, sociólogos o urbanistas para pensar y trabajar con la ciudad como un espacio participativo de comunicación, creación y convivencia.

Urbanlab muestra una selección de proyectos que investigan las nuevas prácticas de participación ciudadana y conectan el espacio físico con los entornos virtuales. Tal es el caso del espacio sensible y cambiante de la obra Madrid Mousaic propuesto por el colectivo Influenza, formado por Rafael Marchetti y Raquel Renno, o los dos proyectos interactivos y participativos Wikimap Linz y Wikimap Madrid. Este último, planteado como una propuesta de autoexpresión ciudadana, es un proyecto de colaboración entre el Futurelab del Ars Electronica y el MediaLab Madrid del Centro Cultural Conde Duque, con un programa de talleres y otras aplicaciones educativas.

De los entornos locales trata también la obra The Lowlands que conecta vía GPS y GIS a los habitantes de los territorios marginados de Yelahanka en India. Con ello, el artista indio Vaihav Bhawsar configura nuevas cartografías ciudadanas participativas, con las que señala e intenta sortear las crecientes brechas digitales de su entorno más cercano.

Por otra parte se presenta una selección de innovadores proyectos y conexiones entre iniciativas locales y dinámicas globales, premiadas en las dos últimas ediciones de la nueva convocatoria Digital Communities del Prix Ars Electronica. Son propuestas que muestran cómo con las tecnologías digitales más sencillas se pueden realizar ingeniosos instrumentos de comunicación y participación
ciudadana. Su cara más perversa se muestra en Voteauction del colectivo austríaco übermorgen.com. Este proyecto alude a las recientes prácticas de venta de votos electorales al mejor postor, realizadas en Estados Unidos a través de Internet.
El proyecto interactivo ./logicaland de Maia Gusberti, Michael Aschauer, Nik Thönen y Sepp Deinhofer convierte un mapa mundi de los años 70 en un juego colectivo de simulación que explora la interdependencia de finanzas y recursos de más de 185 países, basado en datos reales del año 2000. Por su parte, BeNowHere de Romy Achituv ofrece una ventana sensible hacia múltiples miradas, a través de diferentes imágenes e historias no-lineales.

Translab: el laboratorio transdisciplinar.

Este espacio presenta algunos ejemplos de la reciente escena digital cuyo carácter transdisciplinar propicia la hibridación entre la danza, la música, el teatro y las artes visuales y digitales. Un ejemplo de estas sinergias aplicadas al mundo de la ópera es la producción Marlowe: The Jew Of Malta realizada por Andrew Berhardt, EGS Extended Stage Group, Andreas Kratky, Nils Krüger, Bern Linterman, Joachim Sauter, Jan Schoeder y André Werner. En este caso, tanto el escenario como el vestuario se generan en tiempo real, a través de proyecciones interactivas sensibles al sonido y al movimiento de los actores.

En la danza y performance Apparition, del artista y compositor austriaco Klaus Obermaier, los bailarines interactúan en tiempo real con imágenes y sonidos que se funden y coevolucionan con el movimiento de los cuerpos en el escenario.

Otra insólita combinación de artes escénicas, sonoras y audiovisuales es la obra Loop de Mark Downey, Shelley Eshkar y Paul Kaiser. En ella, los movimientos de las manos del coreógrafo norteamericano Merce Cunningham, grabados a través de sistemas de captura de movimiento, se transforman en arquitecturas dinámicas y sonoras de gran sutileza. En How long does the subject linger on the edge of the volume, de los mismos autores en colaboración con The Open Ended Group, el movimiento de un grupo de bailarines genera estructuras cambiantes y espacios relacionales.

Futurelab: el laboratorio del futuro.

El Futurelab del Ars Electronica Center es un laboratorio de I+D que participa en la construcción de un futuro presente cada día. En este laboratorio transdisciplinar artistas, científicos y técnicos trabajan en estrecha colaboración con otros sectores culturales e industriales de carácter público y privado. Un ejemplo reciente de su investigación y desarrollo es Librovision, una publicación virtual e interactiva que se hojea con el movimiento de la mano, sin tocar su pantalla. El proyecto Key Grip de Justin Manor permite al visitante generar entornos tridimensionales para videojuegos, mezclando técnicas televisivas, vídeo y performances audiovisuales en tiempo real. Se presentan también los making-of de las producciones de Gulliver’s World, Humphrey y otros desarrollos del Futurelab que muestran las más avanzadas aplicaciones de las tecnologías digitales y virtuales al mundo de la educación, las artes escénicas o la arquitectura.

Edulab: área de trabajo, comunicación y aprendizaje.

Durante Digital Transit el MediaLab Madrid realiza una serie de actividades orientadas a la participación y la generación de nuevas dinámicas de colaboración e investigación colectiva y distribuida. Para ello, su programa de talleres ofrece un entorno abierto a la comunicación y la enseñanza. Se trata, en definitiva, de un programa especializado en los procesos de aprendizaje que canaliza y amplia las actividades de educación y formación en la cultura digital. Dentro de estos entornos educativos, Zachary Lieberman presentará Drawn, una instalación dotada de innovadoras aplicaciones pedagógicas e interactivas. Drawn transforma los dibujos de cualquier usuario en entidades con una vida propia que evoluciona por medio de animaciones, al son de los movimientos y sonidos del entorno.

En su conjunto, la cultura digital está propiciando una red de conversaciones de carácter transdisciplinar que favorece la articulación de una visión sistémica y sugiere reubicar nuestra posición en el ecosistema global, entendido como un contexto de interconexiones e interdependencias entre sistemas vivos, sociales, tecnológicos y culturales.

Esta dinámica transdisciplinar permite una mirada fluida e ingrávida para catalizar las sustancias informacionales que surgen en los límites de los campos convencionales del conocimiento, en esas zonas de incertidumbre y desequilibrio donde suceden las cosas 8, tal y como señalaba el premio Nobel de química Ilya Prigogine. Tratar esta mirada como un concepto más anula su potencial de reflejar un estado emergente y complejo que no puede ser explicado sólo a partir de la suma de sus partes. Se refiere a un estar entre las cosas que, como decían Deleuze y Guattari, (…) no designa una relación localizable que va de la una a la otra y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que arrastra a la una y a la otra, arroyo sin principio ni fin que socava las dos orillas y adquiere velocidad en el medio.9

Practicar esta dinámica conlleva, entre otras cosas, desplazar la mirada y observar el arte y la ciencia desde fuera de sus contornos convencionales. Precisamente por ese afuera –habitualmente ignorado por las cartografías dominantes-, quedan aún campos por descubrir, explorar y desarrollar. Según Roger Malina, en realidad sólo conocemos el tres por ciento de la materia y la energía del universo (el otro 97 por ciento es materia y energía oscura) 10, lo que da una idea de la magnitud del desconocimiento e incertidumbre en que navegamos.

Parece que a pesar de nuestros sentidos biológicos, herramientas conceptuales, construcciones simbólicas, dispositivos y artefactos tecnológicos, queda casi todo por inventar, imaginar y realizar. Y en este contexto tampoco debemos olvidar que la ingeniería genética y la globalización de las comunicaciones -consideradas como iconos contemporáneos de la supremacía de nuestra especie- fueron puestas en práctica hace miles de millones de años por las primeras comunidades bacterianas, permitiendo la evolución y el mantenimiento de la vida en la biosfera.

En definitiva, este desplazamiento de la mirada permite explorar nuevas conexiones entre distintos imaginarios y lenguajes, y compartir procesos de creación y reflexión. Para ello no basta con rastrear, extrapolar e incorporar elementos de campos ajenos. Se trata, sobre todo, de generar interferencias productivas entre creadores e investigadores de diferentes campos, es decir, entre personas. Todo ello requiere espacios de mediación cultural, de interacción y circulación de experiencias y conocimientos. Transformar, conectar o desplazar el espacio de creación e investigación –laboratorio, taller, estudio-, al espacio social de la comunicación, el museo, la calle y la vida.

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Digital Transit se celebra del 7 de febrero al 2 de abril de 2006 en el Centro Cultural Conde Duque, en el contexto del programa de Austria en ARCO’06. La exposición es una coproducción entre el Futurelab del Ars Electronica Center y el MediaLabMadrid del Centro Cultural Conde Duque, comisariada por Manuela Pfaffenberger y Gerfried Stocker (Ars Electronica, Linz) y Karin Ohlenschläger y Luis Rico (MediaLabMadrid).

1El concepto emergencia, en este contexto, se entiende como un principio de causalidad que permite apreciar nuevas propiedades y cualidades en un sistema complejo, que no pueden ser explicadas sólo a partir de la suma de sus partes. El término emergencia hace referencia aquí a la aparición de un ámbito de nuevos fenómenos, cuyos principios básicos no podemos deducir ni explicar satisfactoriamente desde el nivel que les da origen.
2 http://www.asc-cybernetics.org/ foundations/history/MacyPeople.htm
3 Dick Higgins acuña el término intermedia en 1966.
4 http://www.siggraph.org
5 http://www.aec.at.
6 Javier Echeverría, Introducción a la metodología de la ciencia, Ed. Barcanova- Temas Universitarios, 1989, pág. 222.
7 Manuel Castells, La era de la información, Vol.1 La sociedad red, Alianza Editorial, 1997.
8 Ilya Prigogine, El fin de la certidumbre. Editorial Taurus, Madrid, 1997.
9 Deleuze y Guattari, Rizoma. Edición Pre-Textos, Valencia, 1997.
10 http://www.oundleschool.org.uk