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Soberanía de un nuevo tipo. Retomando un hilo cortado

Giaco Shiesser
(english)

Es en épocas de agitación o social de importantes crisis cuando los dispositivos de la soberanía dominante se vuelven cuestionables legal, política y filosóficamente. El aparato existente demuestra ser permeable, y todavía se pueden poner en práctica nuevos planteamientos. Esto se aplica a la actual era de globalización post-Fordista, en la que, para algunos teóricos, el papel histórico de los estados-nación a excepción de los E.E.U.U., ha pasado a ser superfluo.

Con “El Príncipe” y “Discursos” a principios del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo desde su exilio campestre puso los cimientos a toda la filosofía política moderna. Republicano antes de que existiera el término, había sido explusado de todos las administraciones del estado en medio de la crisis de la república florentina. Su estudio de las relaciones entre gobernante, estado y pueblo, entre política y moralidad, han seguido siendo interesantes y polémicas hasta el día de hoy.
Unos cuatrocientos años más tarde, en la década de 1930, Antonio Gramsci fue encarcelado por los fascistas. Consciente de que no sobreviviría a su encarcelamiento, el filósofo y antiguo líder del partido comunista italiano se empeñó en crear algo “für ewig” (para la posteridad), como observó citando a Goethe. Aunque su obra filosófico-política, retomando el hilo de “El Príncipe” de Maquiavelo, apenas fue considerada en el momento de su publicación, su impacto se ha mantenido con fuerza. Sus “Cuadernos de Presidio” se centran en la cuestión del fracaso del modelo de soberanía propagado por los partidos comunistas de Europa durante aquel período y en el tema (muy relacionado con ella) de los valores burgueses tan profundamente anclados en los “corazones y mentes” de la humanidad. Hoy no resulta tan interesante el “Príncipe” moderno de Gramsci (es decir, el Partido) como las herramientas conceptuales que utilizó para analizar la “sociedad burguesa”: “hegemonía”, “bloque histórico”, “guerra de posición/guerra de movimiento”, “sentido común cotidiano”, la noción modernizada del “campo de batalla cultural”. Ya que el hilo de la exploración de Gramsci, vasta pero fragmentaria, se ha cortado, la necesidad de releer sus “Cuadernos de Presidio” parece apremiante. Concretamente, su noción del estado como combinación hegemónica de la “società civile” y la “società política” representa un nivel de conocimiento imprescindible para analizar eficientemente al soberano contemporáneo.

En esta era post Once de Septiembre en la que los E.E.U.U. aspiran tan enérgicamente al “unilateralismo soberano, esa soberanía indivisible” (Jacques Derrida), un análisis debe tener en cuenta el conocimiento adquirido por Gramsci de la constitución de la sociedad burguesa y las reflexiones sobre la soberanía relacionadas de Althusser, Foucault, Derrida y otros.

Gramsci demostró, por ejemplo, que la noción de un estado homogéneo es insostenible. La simple complejidad del estado principesco de tipo medieval ha dado paso a la compleja diferenciación de las sociedades modernas y su disposivo de soberanía. El modelo de estado que es la base de la soberanía moderna es invariablemente una formación basada en el compromiso, una forma coyuntural y temporalmente determinada resultante de unas luchas entre fuerzas sociales dispares. La formación resultante es de duración variable, pero nunca estable; sigue siendo estructuralmente volátil porque es asediada constantemente. En otras palabras, la soberanía es siempre heterogénea, nunca homogénea. La investigación histórica ha demostrado que esto es cierto incluso en el caso de rígidas dictaduras militares o del nacionalsocialismo. Y es más cierto aún en cuanto a democracias como las establecidas en la estela de las revoluciones americana y francesa. Desde la fundación de los estados a los que sirven, sin embargo, los modelos de soberanía incluídos en las sociedades occidentales modernas han albergado una contradicción indescifrable: el soberano de mayor rango es el pueblo (que se instala tácitamente como el soberano. La Declaración de Independencia norteamericana comienza con estas palabras: “Sostenemos que estas verdades son evidentes…”), pero, al mismo tiempo, el pueblo delega su poder, aunque sea solamente por un período de tiempo limitado, en unos representantes.

John Locke ya señaló que “el Poder Supremo (…) es un Poder que ha delegado el pueblo”. Como indica la proclamación de Massachusetts de 1776, “es una máxima que, en cada gobierno debe existir, en alguna parte, un poder supremo, soberano, absoluto, e incontrolable; pero este poder reside siempre en el conjunto del pueblo.”

En segundo lugar, es una cuestión que hemos de tratar seriamente, sin subestimarla ni sobrevalorarla, una soberanía cuya diferenciación -la división de poderes entre legislativo, ejecutivo y judicial- aumenta según la complejidad del estado moderno. Los tres poderes separados están interconectados en “fideicomiso”, y por lo tanto no son soberanos de derecho propio. Con todo, la autoridad estatal que practican es unilateralmente vinculante, y por lo tanto soberana. Así, el sistema de división de poderes por una parte, funciona contra los intereses y actuaciones en curso del ejecutivo, como demuestra actualmente, por ejemplo, la admisión por parte del Tribunal Supremo de los E.E.U.U. de demandas de presos de Guantánamo. Por otra parte, existe el peligro de que la división de poderes sea desvirtuada, como demuestra también la situación actual de los E.E.U.U., donde el poder legislativo está designando a un cierto número de jueces del tribunal supremo basándose exclusivamente en su filiación política.

¿Qué aporta esto contra el trasfondo de los descubrimientos acerca de la soberanía hechos por Gramsci, Foucault, Derrrida, y otros?

Debemos desechar los últimos restos del pensamiento basado en teorías de la conspiración y teorías de la manipulación cada vez más perceptibles entre algunos intelectuales, y particularmente en los de E.E.U.U. desde el once de septiembre de 2001.

Ahora que hemos aprendido que el individuo es dividual, y que el átomo no es la unidad de masa más pequeña, debemos considerar al soberano fundamentalmente como una formación heterogénea, como un “todo articulado” (para llevar la noción de Louis Althusser a un contexto diferente) que está subestructurado y a veces es contradictorio, como producto de una interrelación estructuralmente contingente de fuerzas sociales. No existe un centro absoluto, por muchos esfuerzos que se hagan con el fin de crear tal centro. Si uno sigue a Foucault y considera al soberano como un dispositivo, como una articulación de elementos, entonces la cuestión es alterar el disposivo imperante dado como un arreglo construido y externo, re-articularlo y, al mismo tiempo, introducir nuevos elementos. Un dispositivo social que, por ejemplo, no excluya a los esclavos como no humanos (como era el caso de las Polis griegas), a los judíos como inferiores (como sucedió con el nacionalsocialismo), a los gays y las lesbianas como desviados (como sucedía en Europa y los E.E.U.U. hasta los 60), o -de interés permanente- a los nómadas como extranjeros y básicamente incapaces de lograr una integración cultural, equipa a sus miembros con opciones muy diversas de vivir.
Si uno, en segundo lugar, basándose en las reflexiones de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe sobre democracia radical y plural, “se despide del mito de una sociedad transparente y homogénea”, llega a ser obvio que esta rearticulación de lo soberano debe seguir siendo un proceso interminable: no hay punto de Arquímedes desde el que o hacia el cual se alinee la democracia.

Este proyecto interminable de democracia radical y plural toma en serio la micro y la macro-física de las circunstancias del individuo, la sociedad y el control, y avanza con una habilidad vital de la “auto-solicitud”, una “estética de la existencia“ (Michel Foucault), a la cual es inherente una preocupación por los demás.

En tal dispositivo de soberanía, cuyo objetivo son unas condiciones sociales intensificadas en oposición a una huída de la sociedad o la formación de divisiones, es una cuestión radical e interminable de auto-invención, en lugar de auto-realización, de conceptualizarse a uno mismo (Entwerfung) en vez de someterse (Unterwerfung), de desatar formas múltiples e híbridas de existencia auto-determinada en vez de someter a uno mismo a las estructuras de control existentes, por muy revolucionaria que sea la forma de esta sumisión. En pocas palabras, trata de un arte de vivir que permite y requiere auto-conceptos que sean múltiples (viel-fältig) en comparación con los simples (ein-fältig), y debe ser creada por los propios individuos. Trata sobre soberanía de un nuevo tipo desoberanía flexible, fluida y estable; sobre hegemonía sin un hegemón.

La instalación Naked Bandits se eleva a una imposición de interferencia artística en y sobre este campo altamente explosivo de la soberanía no homogénea. Su propia cualidad explosiva deriva de un modo de intervención que no politiza o inclina la balanza sino que, por el contrario, amplía la perspectiva artística.
Naked Bandits pone a prueba una confrontación compleja con el soberano contemporáneo complejo. En básicamente cualquier espacio público: galerías, museos, gimnasios, plazas, cualquier localización que en sí misma invite a una extensión de su espacio y público, los “visitantes” pueden participar e intervenir activamente en la experiencia de ser encarcelado y excluido, de encarcelar y de excluir, de ser soberano y estar determinado por el soberano.

En el desarrollo de este proceso acústico, visual, y háptico, descubren mental y físicamente que, al igual que en una sociedad, inician procesos de colaboración sobre cuya constitución y efectos exactos no tienen ninguna visión de conjunto. Sobre la que, de hecho, no pueden tener ninguna visión soberana, puesto que el resultado de sus actividades es siempre el efecto imprevisible de muchas intenciones superpuestas: no hay punto de vista desde el que sea revelada la transparencia completa de las actividades, así como no hay lugar desde el que la sociedad se revele como enteramente transparente. Dado que es un caso de prueba, sin embargo, se permite a los visitantes mirar literalmente dentro de estos procesos. Pueden aprender de alguna manera a reconocer qué y cómo son simultáneamente parte del soberano y objeto del soberano. La esperanza de este proyecto es que estas experiencias y observaciones entrenen actitudes útiles para la acción independiente, el pensamiento propio en la nueva formación social post-Fordista que actualmente se cristaliza.
Si “todos los artes sirven a la más grande de todas las artes: el arte de vivir” (Bertolt Brecht), entonces, un proyecto así es posiblemente lo máximo que un proyecto de arte puede alcanzar hoy. Es radical, porque va a las raíces; es complejo, porque va con los tiempos; es contemporáneo, porque desafía a los espectadores productivamente en su entorno social.